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¿Qué tiene que ver Dios con tu promesa de no comer chocolate?

Es común que a inicios de año nuevo y más durante la cuaresma, muchos hagamos promesas con “propósitos penitenciales”.  Son compromisos que adquirimos ante nosotros mismos y que ofrecemos a Dios.  Los términos los determinamos nosotros y se entiende que renunciamos a algo que nos gusta o que haremos algo que nos cuesta.  Hay quienes se van por la vía de la oración y ofrecen misa diaria o rezar el Rosario en lugar de jugar tenis o ir al gimnasio; pero lo más  común es una especie de ayuno,   el “no tomo refresco o no como chocolate en cuaresma” o un “no bebo licor los días de semana”.  Ante este tipo de propósitos, son muchos los que reaccionan y te  dicen: “eso está bien para tu salud pero¿ para que le sirve eso a Dios”…?

 

Por fácil que parezca, más del 75% incumple estas  promesas o las cumplen parcialmente, bien sea porque no aguantamos y caímos ante alguna tentación o porque se nos atravesó una fecha importante y eso “justifica” que se rompa ese día.  Otras veces es porque nos falla la motivación o porque no creemos en nuestra propia capacidad de lograrlo; pero muchas veces, la verdadera razón es que  lo hicimos como un reto, o perseguíamos segundas intenciones (como rebajar) o pretendíamos imitar a alguien; pero, en realidad, no estábamos convencidos del verdadero propósito que hay detrás de ello. 

 

Hacer  cualquier “esfuerzo” o sacrificio, exige “fortalecer la voluntad”, ser capaces de impulsar conductas y dirigirlas a un objetivo determinado, para alcanzarlo a pesar de las dificultades que se nos presenten en el camino.

 

Esa fuerza de voluntad es precisamente la capacidad para dirigir y controlar las  acciones propias.  Una facultad que desarrollamos en la corteza pre frontal (lóbulo frontal del cerebro), una región clave en el control de la conducta, la memoria de trabajo, las funciones cognitivas superiores (como la toma de decisiones y el razonamiento) y de participación activa en los procesos como la motivación, la postergación de gratificaciones, el control de impulsos y el procesamiento emocional.  Estas facultades, como todo en el cuerpo humano, si no se ejercitan, se atrofian. La falta de voluntad, puede incluso representar un riesgo, sobretodo en los jóvenes, quienes cada vez más, sucumben ante la frustración y quienes están expuestos a la presión de pares que pueden inducirles a comportamientos sociales desafiantes, adiciones, etc., sobretodo cuando se muestran dóciles o vulnerables.

 

Volvamos a qué valor podría tener esto para Dios.  Lo que más anhela Dios para cada uno de nosotros, es salvarnos…por eso murió Cristo en la Cruz, Dios hecho hombre.  Pero para  salvarnos y que podamos ganarnos el Cielo, necesitamos HACER EL BIEN, ser buenos de alma y de acción.   Esto también suena fácil pero  tampoco lo es.  La bondad exige sacrificio, compromiso, perseverancia, generosidad y mucha fuerza de voluntad!

 

Cuando te enfrentas a estos pequeños desafíos, como las promesas de cuaresma, lo que estás haciendo es fortaleciendo tu voluntad, aumentando la confianza en tus capacidades, tu autocontrol, tu capacidad de postergar, tu nivel de compromiso, tu disciplina y tu  control de impulsos.  Te haces más fuerte ante la debilidad y ante la tentación.  Creces en carácter y en personalidad.  

 

La fuerza de voluntad fortalecida va a ser una gran herramienta para que tu paso por la vida sea pleno, lleno de propósitos y objetivos cumplidos. Te exigirás más y querrás trascender en otros. Entonces habrás  hecho  EL BIEN y te sentirás  satisfecho.

Helena Latuff
Comunicaciones ASEAM

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